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miércoles, 13 de mayo de 2009

De Columna de la desaparición...De Jorge Mario Mejía Toro...

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Desapareció: así se decía antes. Se hablaba de niños, de ancianos, o de quienes "padecen perturbaciones mentales". Salían de su casa y olvidaban el camino de regreso. También podía tratarse de hombres o de mujeres, dejando todo atrás huían con un nuevo amor, enajenados por el espejismo del recomienzo, el retorno a la desnudez del origen.
La desgracia, claro, no se descartaba. Pero ella era aún tímida, avergonzada casi de ser la redundancia del destino de la desposesión, o la cómplice fatal de los administradores de la pobreza (esos que fabrican la ironía de tener que vender el reloj ajeno -por el cual se paga menos- en lugar del revólver propio)...
Tomado de: La Paz Sucia de Jorge Mario Mejía Toro y dedicado a José Gabriel desaparecido en febrero de 1986.

lunes, 11 de mayo de 2009

De "Réflexions sur l'enfer" en L'entretien infini de Maurice Blanchot...

"Hay un cansancio del que no se puede descansar, que consiste en que uno ya no puede interrumpir lo que hace, trabaja cada vez más y, en suma, para la satisfacción general: ya no se puede estar cansado, separarse de su cansancio para dominarlo, deponerlo y alcanzar el descanso. Así la miseria: la desgracia. Se vuelve invisible y como olvidada. Desaparece en aquel a quien hizo desaparecer (sin afectar su existencia), intolerable pero siempre soportada, porque quien la soporta ya no está ahí para experimentarla en primera persona.".

martes, 10 de marzo de 2009

De Siddharta de Hermann Hesse...

"...¿La necesitaba todavía, o ella a él? ¿No estaban jugando a un juego infinito? ¿Era necesario vivir para ello? ¡No, desde luego que no! Aquel juego se llamaba sansara: un juego de niños que quizá fuera agradable jugar una, dos o diez veces..., pero ¿siempre, siempre?
Y entonces supo Siddharta que el juego había terminado y que él ya no podría volver a jugarlo. Un estremecimiento sacudió su cuerpo: algo en su interior, sintió de pronto, había muerto.
...Kamala, en cambio, no ordenó su busca. Ni se sorprendió al enterarse de que Siddharta había desaparecido. ¿No se lo esperaba desde siempre? ¿Acaso no era él un samana, un hombre sin hogar, un peregrino? Todo esto lo había sentido Kamala más que nunca durante el último encuentro, y pese al dolor que suponía su pérdida, se alegro de haberlo tenido, aquella última vez, tan próximo a su corazón, y de haberse sentido una vez más tan plenamente poseída y compenetrada con él."